Mendigos En España

Автор: Nancy Kress

Год издания: Не указан


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Добавлено: 23.06.2016

Premios Hugo y Nebula 1992 En el año 2019 aparecen unos nuevos seres humanos: los Insomnes, quienes, modificados por la ingeniería genética para no tener que dormir, disponen de mayor conocimiento y poder, pues cuentan con más horas de actividad, y son, asimismo, longevos. El recelo de los Durmientes y su enfrentamiento con los Insomnes es inevitable. De estos últimos, algunos son partidarios de protegerse y piensan que, en el fondo, nada deben a los Durmientes, los nuevos mendigos del futuro cercano.

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Título original: Beggars in Spain (c) 1992, Nancy Kress

Traducción: Nora Susana Todaro

"Con energía y con vigilia constante, id adelante y traednos victorias."

Abraham Lincoln, al Mayor General Joseph Hooker, 1863.


I

Se sentaron tiesos en sus antiguas sillas Eames, dos personas que no deseaban estar allí, o una que no lo deseaba y otra que se resentía por la resistencia de la otra. El doctor Ong ya lo había visto antes. En dos minutos estuvo seguro: la que se resistía furiosamente era la mujer. Perdería. El hombre lo pagaría luego, con pequeñeces, por mucho tiempo.


– Supongo que ya pidieron los informes financieros necesarios -dijo amablemente Roger Camden-, de modo que vayamos directamente a los detalles, ¿de acuerdo, doctor?


– Seguro -dijo Ong-. ¿Por qué no empieza por decirme todas las modificaciones genéticas que desea para el bebé?


La mujer se volvió repentinamente en la silla. Tenía entre veinticinco y treinta años -obviamente una segunda esposa- pero ya parecía decaída, como si convivir con Roger Camden la estuviera desgastando. No le extrañaría en lo más mínimo, pensó Ong, que así fuera. El cabello de la señora Camden era castaño, sus ojos eran castaños, su piel tenía un tinte castaño que habría sido bonito con algo de color en las mejillas. Llevaba un abrigo castaño, ni barato ni a la moda, y zapatos que parecían vagamente ortopédicos. Ong buscó en los informes su nombre: Elizabeth. Apostó a que la gente lo olvidaba a menudo.


Junto a ella, Roger Camden irradiaba una nerviosa vitalidad; un hombre de edad algo más que mediana, cuya cabeza en forma de bala no casaba con el cuidadoso corte de pelo y el traje de negocios de seda italiana.


Ong no necesitó consultar sus informes para recordar algo sobre Roger Camden. Una caricatura de su cabeza de bala había sido la principal ilustración de la edición por cable del Wall Street Journal del día anterior:


Camden había dirigido una importante jugada en inversiones cuasi-fraudulentas de data-atoll.


Ong no estaba seguro de qué era una inversión cuasi-fraudulenta de data-atoll.


– Una niña -dijo Elizabeth Camden. Ong no esperaba que ella hablara primero. Su voz fue otra sorpresa: clase alta británica-. Rubia, ojos verdes, alta, delgada.


Ong sonrió.


– Los factores de apariencia son los más fáciles de lograr, como seguramente sabrán. Pero todo lo que podemos hacer en cuanto a la "delgadez" es darle una disposición genética en tal sentido. Cómo la alimenten, naturalmente…


– Sí, sí -dijo Roger Camden- eso es obvio. Ahora: inteligencia. Gran inteligencia. Y osadía.


– Lo siento, señor Camden; los factores de personalidad no se conocen aún lo bastante como para permitir a la genética…


– Sólo lo ponía a prueba -dijo Camden, con una sonrisa que a Ong le pareció que quería ser simpática.


Elizabeth Camden dijo:


– Capacidad musical.


– Otra vez, señora Camden, todo lo que podemos garantizar es cierta disposición hacia la música.


– Con eso basta -dijo Camden-. Todas las correcciones para cualquier problema de salud ligado a lo genético, por supuesto.


– Por supuesto -dijo el doctor Ong. Los clientes no hablaron. Hasta el momento su lista era modesta, en vista de la riqueza de Camden; con la mayoría de los clientes había que discutir para que no pretendieran tendencias genéticas contradictorias, o exceso de alteraciones, o expectativas irreales.


Esperó. La tensión irradiaba en la habitación como calor.


– Y -dijo Camden-, que no necesite dormir.


Elizabeth Camden volvió la cabeza para mirar por la ventana.


Ong tomó de su escritorio un imán sujeta-papeles. Habló en tono amable:


– ¿Podría saber cómo se enteró de que existe ese programa de modificación genética?


Camden hizo una mueca.


– No está negando que exista.


Lo anoto a su favor, Doctor.


Ong se contuvo.


– ¿Podría saber cómo se enteró de que el programa existe?


Camden rebuscó en el bolsillo interior de su traje. La seda se arrugó y se deformó; cuerpo y traje provenían de diferentes clases sociales. Camden era, recordó Ong, un yagaísta, amigo personal del propio Kenzo Yagai.


Le alcanzó una hoja de impresora: las especificaciones del programa.


– No se moleste en buscar la falla de seguridad en su banco de datos, Doctor; no la encontrará. Si le sirve de consuelo, nadie más lo logrará. Ahora bien. -Se incorporó súbitamente y su tono cambió-. Sé que ha creado hasta ahora veinte niños que no necesitan dormir para nada. Que diecinueve son hasta ahora sanos, inteligentes y psicológicamente normales. De hecho mejor que normales; son inusualmente precoces. El mayor tiene ya cuatro años y puede leer en dos idiomas. Sé que están pensando en ofrecer al mercado esta modificación genética en unos años. Todo lo que quiero es la posibilidad de comprarla para mi hija ya. Al precio que pidan.


Ong quedó perplejo.


– No puedo discutir esto unilateralmente con usted, señor Camden. Ni el robo de nuestros archivos…


– No hubo robo. Su sistema vomitó espontáneamente una burbuja de información en una salida pública; les llevaría un tiempo del demonio probar lo contrario…


– … ni la oferta de negociar esta modificación genética quedan bajo mi sola autoridad.


Ambos deben discutirse con el Directorio del Instituto.


– Sin duda, sin duda. ¿Cuándo puedo hablar con ellos?


– ¿Usted?


Camden lo miró desde su asiento. Ong pensó que pocos hombres podían lucir tan confiados a medio metro por debajo del nivel de los ojos.


– Por supuesto. Me gustaría presentar mi oferta a quienquiera que tenga real autoridad para aceptarla. Sólo una sana negociación.


– No es sólo una cuestión comercial, señor Camden.


– No es tampoco sólo investigación pura -replicó Camden-.


Son una corporación comercial. Y tienen exenciones impositivas que se otorgan solamente a firmas que cumplen ciertas normas de juego limpio.


Por un momento a Ong no se le ocurrió qué quería decir.


– Normas de juego limpio…


– … pensadas para proteger a las minorías cuando actúan como proveedores. Sé que nunca se aplicaron en el caso de clientes, excepto para limitaciones en instalaciones de energía-Y.


Pero se puede hacer la prueba, doctor Ong. Las minorías tienen derecho a que se les ofrezca el mismo producto que a los que no son minoría. Sé que al Instituto no le caería bien un juicio, Doctor. Ninguna de sus veinte familias de la prueba genética beta es negra o judía.


– ¡Un juicio!… ¡pero usted no es negro ni judío!


– Pertenezco a otra minoría.


Polaco-americano. Mi apellido era Kaminsky. -Camden al fin se puso de pie y sonrió cálidamente-. Vea, es descabellado. Usted lo sabe, yo lo sé, y ambos sabemos que de todos modos los periodistas igualmente lo disfrutarían. Y usted sabe que yo no quiero entablar una demanda descabellada, solamente como amenaza de una publicidad prematura y adversa para lograr lo que quiero. Sólo quiero para mi hija ese maravilloso adelanto que han conseguido.


Su rostro cambió, adoptando una expresión que Ong no hubiera creído posible en esas facciones: ansiedad.


– Doctor,… ¿sabe usted cuánto más habría logrado si no hubiera tenido que dormir en toda mi vida?


Elizabeth Camden dijo ásperamente:


– Apenas duermes ahora.


Camden bajó la vista, como si hubiera olvidado que ella estaba allí.


– Bueno, no querida, ahora no. Pero cuando era joven… la escuela, podría haber terminado los estudios aún manteniendo… Bueno, nada que ahora importe.


Lo que sí importa, Doctor, es que usted, yo y su Directorio lleguemos a un acuerdo.


– Señor Camden, por favor retírese ya mismo.


– ¿Quiere decir antes de que usted pierda los estribos por mi presunción? No sería el primero.


Espero que arregle una reunión para finales de la semana próxima, cuándo y dónde usted diga, por supuesto. Basta con que informe a mi secretaria, Diane Clavers, los detalles. Cuando a ustedes les quede cómodo.


Ong no los acompañó a la puerta. Le palpitaban las sienes.


Elizabeth Camden se volvió desde la puerta:


– ¿Qué pasó con el vigésimo?


– ¿Qué?


– El vigésimo bebé. Mi esposo dijo que diecinueve son sanos y normales. ¿Qué sucedió con el vigésimo?


Las palpitaciones aumentaron.


Ong sabía que no debía contestar; que probablemente Camden ya sabía la respuesta, aunque no la supiera su mujer; que él, Ong, de todos modos iba a contestar; que luego se arrepentiría, amargamente, de su falta de autocontrol.


– El vigésimo bebé murió. Sus padres resultaron ser inestables. Se separaron durante el embarazo, y la madre no pudo soportar las veinticuatro horas de llanto de un bebé que nunca duerme.


Elizabeth Camden lo miró con ojos desorbitados:


– ¿Lo mató?


– Accidentalmente -dijo brevemente Camden-. Sacudió al chiquito demasiado fuerte.


Se dirigió, ceñudo, a Ong:


– Niñeras, Doctor. En turnos.


Deberían haber elegido solamente padres lo bastante ricos como para pagar niñeras en turnos.


– ¡Eso es horrible! -exclamó la señora Camden, sin que Ong pudiera saber si se refería a la muerte del bebé, a la falta de niñeras o al descuido del Instituto. Ong cerró los ojos.


Cuando se fueron, tomó diez miligramos de ciclobenzaprine III. Por su espalda, sólo por su espalda. Otra vez le dolía su vieja herida. Luego se detuvo ante la ventana largo rato, sosteniendo aún el imán sujeta-papeles, sintiendo cómo cedía la presión en sus sienes, cómo se iba relajando. Ante él el Lago Michigan lamía pacíficamente la orilla; la policía había hecho una redada de los sin techo la noche anterior, y todavía no habían tenido tiempo de volver.


Sólo quedaban sus desechos, tirados entre los arbustos del parque ribereño: mantas raídas, diarios, bolsas de plástico como patéticos estandartes pisoteados. Era ilegal dormir en el parque, entrar a éste sin un permiso de residencia, era ilegal no tener vivienda ni residencia. Mientras Ong miraba, empleados uniformados del parque comenzaron a ensartar metódicamente los diarios y a meterlos en limpios recipientes autopropulsados.


Ong tomó el teléfono para llamar al Presidente del Directorio del Instituto Biotech.


Había cuatro hombres y tres mujeres sentados en torno a la pulida mesa de caoba de la sala de reuniones. Doctor, abogado, jefe indio, pensó Susan Melling, mirando a Ong, Sullivan y Camden, y sonrió. Ong notó la sonrisa y la miró con frialdad. Asno pomposo. Judy Sullivan, abogada del Instituto, se volvió para hablar en voz baja con el abogado de Camden, un hombre delgado y nervioso con cara de obedecer al amo. El amo, Roger Camden, el mismísimo jefe indio, era el que más feliz parecía. El letal hombrecito -¿Cómo se hace para llegar a ser tan rico, partiendo de la nada? Ella, Susan, nunca lo sabría- irradiaba excitación. Brillaba, ardía, tan diferente de los habituales aspirantes a padres que intrigó a Susan. Generalmente los padres y madres -especialmente los padres- se sentaban allí con aspecto de estar en una fusión de empresas. Camden lucía como si estuviera en una fiesta de cumpleaños.

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